Peter fue capturado en la costa de Guinea. A bordo del barco, entre dos opciones —la muerte o la jaula—, descubrió una tercera: imitar. Imitar a los hombres. No porque deseara ser uno de ellos, sino porque necesitaba una salida. Cualquier salida.
Años después, desde una tribuna académica, el ex simio rinde su informe ante ustedes. Habla directo, como quien ya no tiene nada que ocultar: el aguardiente, el tabaco, el lenguaje aprendido a golpes. La civilización, explica, fue solo una táctica de sobrevivencia.
No cuenta su historia para que lo compadezcan. La cuenta porque sospecha que, sentados ahí, ustedes también aprendieron a imitar algo para poder quedarse.